viernes, 17 de julio de 2009

Fines y Medios

por Roberto Hilson Foot

Robert Ingersoll (1833-1899), un librepensador norteamericano partidario del agnosticismo y defensor de la estricta separación entre iglesia y estado, quién luchó en la guerra civil en favor de la liberación de los esclavos, dijo alguna vez : “el mayor desafío para el coraje en esta tierra, es soportar la derrota sin desalentarse”. Luego de los resultados de la última elección estamos justamente ante ese reto, necesitamos reflexionar, debatir, llevar adelante una autocrítica que nos permita reencontrar el camino de las mayorías. Acaso podamos plantear la necesidad de encarar una larga etapa de lo que E. Husserl (1859-1938) llamaba “epojé”. Necesitamos calmarnos y lograr correlacionar la actividad de la conciencia con la de su objeto, reconocer y describir esa vida de la conciencia que es el fenómeno, para ver las cosas iluminadas por nuestro pensar, para intentar recobrar una claridad originaria. El desafío es evitar reacciones que no hagan más que reafirmar en el resto de la sociedad la convicción de que el gobierno es parte del problema y no de la solución, como había logrado ser hasta la dura derrota que sufrimos frente a la oligarquía agro-exportadora y sus aliados en el 2008. Un trabajo de reflexión continuado donde nuestros principales dirigentes puedan por medio del diálogo con los sectores populares volver a generar una agenda y unos objetivos capaces de consolidar los logros de estos últimos años, intentando expandir las bases sociales y políticas. No lo hicimos en el 2008, es imperativo que lo hagamos ahora.

Setentismo

Reiteradamente se ha acusado a este gobierno de setentista. Debo decir que esta “imputación” a mi entender, en un sentido lo enaltece, pues lo identifica como canta Daniel Viglietti con una generación en la cual todos eran culpables…culpables de querer terminar con la injusticia social, culpables de comprometerse, militar y hasta brindar sus vidas en pos de un país más soberano y un pueblo más libre. Sin embargo hay por lo menos dos sentidos en que me preocupa el ser motejado de setentista, pues los setentas son también la dictadura más sangrienta que ha sufrido nuestro país, y los setentas son también el ciclo, en el que a la esperanza siguió el desencuentro y al optimismo la tragedia, y esta denotación del término es la que me asusta. Cuando las vanguardias se desacoplaron de las mayorías, el destino fue el fracaso y la muerte, pues una vanguardia que se desconecta del sentir y pensar del pueblo se transforma en una patrulla perdida. A.Gramsci (1891-1937) abogaba con razón por la necesidad de escuchar al pueblo, de atender a lo que piensan las bases, a estar con los oídos atentos a lo que viene de abajo y esto sobre todo en la actualidad en que no contamos con un “príncipe moderno”( difícilmente pueda pensarse en el Frente para la Victoria cumpliendo con ese rol).No hay tampoco un paradigma socio-económico fuerte alternativo al capitalismo sin dejar por ello de valorar y apoyar los esfuerzos de Hugo Chávez y Evo Morales en construir nuevos horizontes, y además venimos de graves derrotas históricas en las cuales claramente perdimos en la disputa por la hegemonía. El caudal electoral del Menemismo en los noventas o el conflicto con la oligarquía terrateniente quienes contaron con amplios apoyos de sectores de nuestra sociedad, fueron claras demostraciones de lo endeble de nuestras posiciones ante las formas degradadas y folklóricas de la ideología dominante.

Esta última elección muestra que el proyecto K ha quedado circunscripto a la clase obrera y a una parte sustancial de los sectores más pobres y aún excluidos de nuestra sociedad, lo cual indica algo tan alentador como que estos sectores avalan y reconocen los beneficios que obtuvieron entre el 2003 y el 2008 pero a la vez marca un límite a la conformación de un proyecto popular fuerte con proyección de futuro capaz de limitar a los factores de poder. Se ganó en provincias donde las gestiones locales fueron aprobadas por los ciudadanos (independiente de la opinión que tengamos de las mismas), como en el caso entre otros del 52,6% de Alperovich en Tucumán, el 55,6% de Das Neves en Chubut y los triunfos de Capitanich en Chaco con el 49,9% y Gioja con el 56,3% en San Juan o las victorias en Formosa y La Pampa entre otras. Se ganó también en provincias donde el Frente era oposición como en el caso de Tierra del Fuego con una abrumadora derrota del A.R.I. o en Río Negro con un triunfo del Justicialismo con el 32 % de los votos. Se ganó también en las intendencias del conurbano con mayor presencia obrera y de los sectores más carenciados como en La Matanza con el 43%, Ezeiza 49%, Florencio Varela 48% y Esteban Echeverría con el 41% de los votos, etc.

El grave problema es que para poder controlar y aún vencer a los enemigos de los intereses populares estos números son insuficientes. Es imperativo captar a las clases subalternas que a la luz de los resultados evidentemente hemos perdido. El problema no es por como votan las clases dominantes, el 17% que obtuvo el F.P.V. en San Isidro o el escaso 6 a 8% en el Pilar-Socorro-Belgrano-Nuñez son muy elocuentes, sino fundamentalmente por como votó mayoritariamente la clase media y media baja, el sector de los pequeños comerciantes, empleados, cuentapropistas, muchos jubilados y jóvenes con primer empleo y estudiantes universitarios. Además hay un grave retroceso en el apoyo de las poblaciones de los pequeños pueblos de tanto Córdoba como Santa Fe y Buenos Aires donde la prédica de las cuatro entidades sojeras ha logrado convencer a parte del electorado, al punto que el F.P.V. en la mayor parte de estas localidades resultó tercero en la sumatoria de votos.

Sabemos de las bondades del modelo, de los logros extraordinarios obtenidos en estos años en condiciones muy difíciles y adversas, de los problemas y complicaciones a partir de la derrota por la 125 y de cómo muchos indicadores económicos y sociales se deterioraron a partir de esa ofensiva de la oligarquía terrateniente, pero en función de poder preservar los progresos, y defender los intereses populares es imperativo plantear los errores y lo que debemos corregir. Lo que más preocupa no es el destino individual de cada uno de nosotros sino que los resultados de esta elección debilitan la posibilidad tanto de algunas fuerzas opositoras bien intencionadas como del oficialismo para defender al pueblo. No es posible pensar que en esta instancia electoral retrocedimos porque la S.R.A. o la C.R.A o la mesa de enlace, la iglesia o los multimedia o los acreedores y financistas internacionales, o parte de la U.I.A. o las petroleras nos derrotaron, ellos son sin duda la causa mediata y los propulsores determinantes de parte de la oposición, pero no olvidemos que casi el 65% de los argentinos votaron posiciones críticas al F.P.V. Es el pensamiento, el mensaje, la opinión de buena parte de esos electores las que debemos considerar si pretendemos ser una fuerza nacional, popular y transformadora, respetuosa de la soberanía popular.

Evidentemente retrocedimos entre otras razones por encontrarnos en uno de los peores contextos posibles para una elección, como el de la mayor recesión mundial desde 1929-1930 momento en que un líder de inmensa popularidad como H.Yrigoyen fue depuesto por un golpe de estado, una durísima crisis de precios y volúmenes en el comercio internacional, una de las peores sequías de las ultimas décadas, además de una pandemia mundial como la gripe A (H1N1). Retrocedimos además en un contexto de grave desmanejo de la información por empresas periodísticas claramente alineadas en la defensa de los intereses más concentrados. Pero los que fueron a votar el 28 de Junio son ciudadanos soberanos a los que debemos tratar con profundo respeto, intentando escuchar lo que reclaman, lo que critican y buscando la forma en que podamos volver a sumarlos a un proceso de transformación democrático. Ellos merecen una mirada respetuosa y legitimadora pues en política no vale saber o tener el convencimiento de que se tiene razón. La política no tiene que ver con las certezas subjetivas, solo las razones que se realizan son verdaderas pues son las que transforman la vida de las personas. No acuerdo con G.W.F.Hegel (1770-1831) quién afirmó en “Filosofía del Derecho”: “Lo que es racional es real; y lo que es real es racional”, sino que entiendo que las razones son políticas solo si se concretizan, solo si se realizan, de lo contrario son solo reclamos morales o meras expresiones de deseo. En política no hay fines sin medios.

La palabra, su degradación y la credibilidad.

Pensar en una reconstrucción de fortalezas políticas y renovar una disputa por la hegemonía que permita atenuar los efectos negativos de la actual correlación adversa de fuerzas, demanda el ejercicio intenso de la palabra, un trabajo decidido con los movimientos sociales y articulaciones con todas las fuerzas políticas que se comprometan en la defensa de intereses populares. Esto solo podrá conseguirse si logramos reconstruir la credibilidad del gobierno a los ojos de amplios sectores sociales lo cual remite sin duda al problema del INDEC, que de ser un problema financiero se convirtió con los años en un problema de credibilidad del discurso que termino afectando cada acto y palabra del gobierno. No desconocemos las terribles presiones de los acreedores financieros internacionales muy interesados en la tasa de inflación por tener bonos ajustados por medio de esta índice, ni ignoramos la diferencia estimadas en más de 9.000.000.000 U.S. dolares de ahorro para los contribuyentes nacionales en función de las disparidades en los cálculos, en condiciones históricas de insolvencia y recesión como las existentes a principios de la década, donde luego de cuarenta años de frustraciones este gobierno es el primero que logra disminuir la deuda externa. Sin embargo este proceso tiene claramente tres instancias en su impacto social en función de los aumentos de precios. Cuando comienzan a notarse algunos aumentos a partir del 2007 fue, sobre todo, un problema de las clases altas y medias urbanas, pues aumentaban los servicios como las cocheras y estacionamientos, las cuotas de colegios privados y universidades, las medicinas prepagas y los pequeños servicios urbanos como gimnasios, tintorerías y turismo. Todos estos rubros estaban socialmente circunscripto a esos sectores de ingresos altos y medios, los cuales comenzaron a cuestionar cada vez con más fuerza al I.P.C. utilizando la poderosa trama de medios de que disponen. A partir del 2008, a raíz del conflicto con la oligarquía terrateniente, la situación inflacionaria cambió drásticamente, pues empezó a afectar más fuertemente indumentaria, alimentos y vivienda, pero ahora con mayor impacto en los sectores populares, y de allí que el contraste entre las cifras oficiales y la percepción popular comenzara a profundizarse, pero ahora también incluyendo a los sectores obreros y marginales en el cuestionamiento al INDEC. La tercera etapa, en la cual estamos inmersos y que debemos revertir, es aquella en que la perdida de credibilidad en los índices comenzó a afectar todos los ámbitos y dichos del gobierno y todos los logros del ciclo K están permeados de sospecha. Esta recuperación de la palabra y de la credibilidad es imperativa para poder pensar un rearmado de fuerzas populares y democráticas, sólo las razones que se concretizan son políticas y en política no hay fines sin medios. No todo está perdido pero hay aspectos que deben cambiar, y ello debe surgir de un diálogo abierto, fluido y dinámico con los que apuestan por un país más justo, con memoria y dignidad.

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